¡A las barricadas!
01/12/1939. 14:00 P.M. - 12 Grados Celsius.
Localización: Kaverna
A unos tres kilómetros al sur de Kaverna, la carretera se extendía solitaria, flanqueada por campos abiertos. Los hombres, un grupo reducido, habían posicionado su ametralladora pesada, su mirada fija en el camino que se perdía en la distancia. Frente a ellos, la escuela rural, un edificio modesto y silencioso, se erguía como un testigo mudo de la inminente batalla.
Su misión era clara: retrasar el avance enemigo a toda costa. Sabían que el tiempo era crucial, que cada minuto ganado podría significar la diferencia entre la vida y la muerte para sus compañeros. La carretera, su única vía de acceso, debía convertirse en un cuello de botella infranqueable.
El sonido metálico del hacha resonó en el aire, rompiendo el silencio opresivo. Con cada golpe, los troncos caían, listos para formar una barricada improvisada. Sabían que el enemigo dependía de sus vehículos para avanzar, y esa dependencia sería su talón de Aquiles. Los troncos, colocados estratégicamente, obligarían a los vehículos a detenerse, a maniobrar, a perder un tiempo valioso.
Cada hombre se movía con una determinación silenciosa, consciente de la importancia de su tarea. El corazón latía con fuerza, pero el miedo no tenía cabida. Solo existía la concentración, la voluntad de resistir, la esperanza de que su sacrificio no fuera en vano.
El rugido de los rusos resonó en el aire, anunciando su llegada inminente. La ametralladora pesada, atrincherada entre los troncos, escupió fuego y plomo, su estruendo ensordecedor rompiendo la quietud del campo.
Kinnunen, con la mirada fría y precisa, disparaba su rifle. Cada bala encontraba su objetivo, derribando soldados enemigos con una eficiencia escalofriante. Los rusos caían como marionetas sin hilo, sus cuerpos desplomándose en la tierra polvorienta.
Mientras tanto, entre las sombras de los árboles, otro miembro del grupo se movía con la agilidad de un fantasma. Su rifle, un instrumento de precisión letal, silenciaba vidas con cada disparo. Los enemigos, sorprendidos y desorientados, no tenían tiempo de reaccionar. Cada silbido de bala era un presagio de muerte, cada impacto una adición a la macabra colección de cuerpos que se acumulaban en el campo de batalla.
La lluvia de balas rusas azotaba la barricada de troncos, astillando la madera y levantando nubes de polvo. Kinnunen, con el rostro ennegrecido por la pólvora, apretó los dientes, y siguió buscando oficiales a los que disparar,mientras el fuego de la ametralladora pesada se mantenía. Cada segundo era una eternidad, cada bala un desafío a la muerte.
El caos se apoderó de las filas enemigas, la confusión y el pánico se extendieron como un reguero de pólvora.
Pero el tiempo se agotaba. La munición escaseaba y la superioridad numérica rusa comenzaba a hacer mella. Kinnunen dio la orden de retirada, su voz ronca pero firme. Los hombres, exhaustos pero decididos, se replegaron a través del bosque, moviéndose con la agilidad de sombras.
Los troncos, ahora destrozados y humeantes, se convirtieron en su salvación. La barricada improvisada, aunque dañada, había cumplido su propósito: retrasar al enemigo, ganar tiempo, permitir la retirada.
El sonido de los disparos se fue apagando gradualmente, reemplazado por el jadeo de los hombres y el susurro del viento entre los árboles. Habían sobrevivido, al menos por ahora. La batalla había terminado, pero la guerra continuaba.
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